Juventud, violencia y “farra”: la caricatura de nosotros mismos

Día a día, principalmente luego de los fines de semana, somos testigos a través de los medios masivos de comunicación, de numerosos accidentes de tránsito y situaciones de violencia, protagonizados por personas jóvenes de distintas edades.

Todo esto lleva a la pregunta obligada de ¿Quién y cómo es el/la joven “farrista”? ¿Qué hay detrás de esa “conducta autodestructiva” que vemos en la televisión y en las fotos de los diarios?

En un estudio sobre juventud, preguntaron cómo creíamos los jóvenes que nos ven los adultos. Casi la mitad de las respuestas eran algo así como “violentos”, “borrachos”, “son un desastre”. Este es el estereotipo que la sociedad crea y que los medios de comunicación venden. Es una realidad social que existen jóvenes violentos, jóvenes que cometen delitos, que se emborrachan y drogan en las calles, negarlo sería pueril, pero al mismo tiempo, creo que el fenómeno no tiene la dimensión que quieren hacer aparecer los medios.

Esto crea una serie de ambigüedades, que en la mayoría de los casos, es muy difícil administrar, pues por un lado, somos objetos (más que sujetos), del discurso de los diferentes actores políticos y sociales, con la ya gastada frase de “somos el futuro, somos la esperanza”, y por otra parte, y en la práctica, somos vistos y tratados como personas sin la capacidad de generar los cambios que tanto “esperan” de nosotros.

Al mismo tiempo, todo eso no pasa del discurso. Lastimosamente, donde todos los valores están trastrocados, vemos cómo hemos avanzado en una serie de reivindicaciones a nivel de ciudadanía, pero al mismo tiempo, estamos retrocediendo en ciertas cosas. Prueba de eso es el “Edicto Riera” de la ciudad de Asunción, que revela cómo los padres que son incapaces de “controlar” a sus hijos/as, trasladan esa responsabilidad al Estado, en este caso a la Municipalidad. Lo peor de todo es que muchos creen que con cerrar las discotecas y mandar a su casa a los chicos, se soluciona el problema. Nada más alejado de la realidad. Por el contrario, es simplemente esconder la basura bajo la alfombra, trasladar el problema a otros municipios (como en temporada de vacaciones sucede con San Bernardino). Pero se hace, porque es más sencillo trasladar la responsabilidad que asumirla y buscar las causas estructurales a estos problemas.

Explicaciones, hay miles. Si bien, trabajar el problema necesita de respuestas en diversos ámbitos y con la participación de todos los actores involucrados, además del colectivo joven mencionado, hay dos actores claves: la familia y el estado.

El tema de la familia es muy complejo, a partir del momento en que reconocemos que existen tantos tipos de familias y dinámicas familiares, como jóvenes hay en el mundo. En ese sentido, no hay una “receta mágica”, pero es fundamental que los padres empiecen a asumir la responsabilidad que tienen en la formación de los valores y la educación de sus hijos. Lamentablemente, nuestros padres, que en su mayoría fueron adolescentes y adultos de la dictadura, todavía son correas de transmisión (en muchos casos sin ser conscientes y sin quererlo), del único modelo educativo y social que conocen, el prohibir para terminar con el problema, el verticalismo y el imperativo como medio de comunicación con los hijos, que priva (a padres e hijos) de la posibilidad de ir construyendo juntos las reglas de convivencia, los acuerdos y los valores que esta sociedad necesita.

Por otra parte se encuentra el Estado. El que no propicia ni articula políticas públicas de juventud en materia de recreación, capaces de ofrecer alternativas a las personas jóvenes. En la medida en que no se diversifique la oferta recreativa y no se vayan incorporando otras visiones y concepciones de “recreación”, ésta va a seguir siendo estereotipada por la sociedad y relegada por el Estado al momento de articular proyectos y programas sobre estos temas.

En ese sentido hay muchas cosas que se pueden hacer. Se podría crear programas culturales con perspectiva juvenil. Hay muchos jóvenes artistas, actores, cantantes, bailarines, pintores, etc., cuyo talento debería compartirse, popularizarse, que la cultura deje de ser una mercancía al alcance sólo de aquellos que puedan pagarla.

Pero para crear estos y otros espacios es clave contar con la visión de los propios jóvenes, pues, además de la insuficiencia de políticas públicas, las pocas que hay están basadas en la estereotipación del/la joven y en su gran mayoría no responden a la realidad de manera efectiva, concreta y diversa a la vez. Pues si queremos dar opciones, necesariamente hay que partir del presupuesto de la heterogeneidad que hay dentro del colectivo joven

Es esencial difundir las iniciativas “positivas” de las personas jóvenes, como una manera de contrarrestar los estereotipos que vemos todos los días, al tiempo de mostrar que hay muchas cosas que efectivamente se están haciendo desde los grupos de jóvenes organizados, “que no todos estamos en el vyrorei” (como siempre solemos decir desde las organizaciones juveniles).

El “llamativo” desinterés del Estado por atender las necesidades generales y específicas de la mayoría de la población no es casual. A este sistema excluyente y empobrecedor le conviene idiotizarnos, le conviene que estemos en la pavada, pues es el colectivo joven el que tiene la posibilidad real de proponer cambios a este orden de cosas.

Al tiempo que la sociedad (con buena participación del Estado), nos estereotipa y nos “colectiviza” sólo para atribuirnos cualidades negativas y para negar la capacidad actual de influir en la sociedad, los jóvenes no nos vemos a nosotros mismos como un colectivo con necesidades y reivindicaciones propias. Con la excusa de “transversalizar” el tema juventud en todas las otras agendas, nosotros mismos no hemos sido capaces de armar e instalar nuestra propia agenda, con nuestros temas.

Por eso al Estado le conviene que estemos contentos con el levantamiento del “edicto” que nos permitirá tener la sensación de libertad que tiene el pájaro cuando le agrandan la jaula.

Por eso al Estado le conviene que sigamos viéndonos a nosotros mismos como violentos o delincuentes. Para que ellos puedan seguir ampliando nuestras libertades de elección. Decidir entre quedarnos acá a morirnos de hambre o ir a probar suerte a España. La libertad de decidir entre no trabajar o tener un trabajo explotador y mal pagado. La libertad de morir de dengue o de cólera o de abortos mal practicados en condiciones inhumanas. Y miles de libertades más, que nos hacen ver que esta lógica de la sobrevivencia sólo le conviene al más fuerte, al que tiene más, a los que más les interesa que las cosas sigan siendo como son.

Mientras las personas jóvenes no nos veamos como un colectivo capaz de convertirse en un actor social y político importante; mientras no nos veamos a nosotros mismos como personas con la capacidad de influir en la realidad actual, vamos a seguir siendo invisibilizados, estereotipados y caricaturizados por la sociedad y el estado.

Nuestro desafío es romper nuestros propios esquemas mentales, nuestra lógica del “no te metas” que tan bien nos enseñaron en nuestra casa y en las escuelas. Nuestro desafío es romper nuestra propia apatía, nuestro propio temor al fracaso. Nuestro desafío es asumir la responsabilidad histórica que tenemos en la construcción de una sociedad y un país diferente. Un país donde lo importante sea qué aportaste como joven para que este país sea mejor y no la cantidad de cerveza que tomaste anoche.

(*) Mirta Moragas (23 años), estudiante de Derecho Universidad Nacional de Asunción. Coordinadora del Centro de Estudios Nacionales del Parlamento Joven
cen@parlamentojoven.org.py

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