¿Necesitamos más o menos Estado para el desarrollo económico del país?

Pocos temas en el ámbito económico y político han alcanzado un nivel de controversias y antagonismos tan profundos, como el que se ha dado en torno a la cuestión del Estado y su papel en la economía de los países. Las disputas suscitadas alrededor de este tema se han dado, por un lado en el ámbito de la reflexión y la teoría, donde las diferentes escuelas del pensamiento económico han desarrollado sus concepciones en torno al Estado y la sociedad, en un debate permanente que va aglutinando fuerzas detrás de cada una de esas posiciones.

Pero también las disputas se han desarrollado en el terreno de la práctica, en la realidad concreta de nuestros países, en la acción política y económica de los diferentes actores, y en muchos casos ha adquirido ribetes de cruenta confrontación, derivando en innumerables casos en convulsiones sociales y políticas, y hechos de violencia. Los ejemplos de esto abundan tanto a nivel internacional como local: la revolución francesa de 1789 fue una reacción contra el Estado monárquico, y un reclamo de la naciente burguesía de mayor autonomía y menores impuestos; por el contrario, la revolución rusa de 1917 partiendo de las condiciones de miseria y desigualdad generalizadas, dio paso a la construcción de un Estado socialista que iba a controlar todas las ramas económicas de ese país. En el caso paraguayo, tenemos la traumática experiencia de la guerra contra la Triple Alianza, que enterró el Estado fuerte construido bajo los gobiernos de Francia y los López, que disponía de trenes, astilleros, fundiciones, estancias agropecuarias y solvencia financiera, y lo sustituyó por un Estado liberal de tipo oligárquico, mucho más restringido en su accionar económico. Ya en un tiempo menos remoto, en el 2002, la contradicción “más o menos Estado” se volvió a expresar en la disputa suscitada por el intento de privatizar las principales empresas públicas del país, entre ellas la ANDE y COPACO, lo que derivó en grandes manifestaciones populares, con el saldo de un dirigente campesino muerto en enfrentamientos con la policía, y la derrota transitoria del plan privatista y la tesis neoliberal de “menos Estado”.

¿A qué debería apuntar la economía de un país?

Antes de seguir con el papel del sector público en la economía, es necesario tener presente cuál es el objetivo y la razón de ser de la propia economía, tema esencial pero a veces dejado en un segundo plano. La economía se desarrolla a partir de los seres humanos, específicamente desde sus necesidades básicas, las de alimentarse, cubrirse, vestirse, y posteriormente, educarse y precautelar su salud. La dimensión económica de hombres y mujeres es aquella destinada a lograr satisfacer estas necesidades, es decir, la acción económica es la que nos permite sobrevivir y crecer. Y en todas las sociedades, esta necesidad individual adquiere una entidad social y colectiva, dado que la existencia y convivencia dentro de los grupos humanos, hacen que la satisfacción de esas necesidades sea un logro social y no individual, pues los alimentos, ropas, casas, medicinas y conocimientos se producen colectivamente. A excepción de los ermitaños, que son precisamente la excepción a la regla, todos y todas logramos (o no) satisfacer nuestras necesidades gracias al trabajo de los demás, y con nuestro trabajo cada uno aportamos algo para saciar necesidades de otras personas.

De ahí el carácter eminentemente colectivo del hecho económico, todo el proceso de producción y distribución de bienes es una acción conjunta de la sociedad, expresada en la división social del trabajo. Unos producen alimentos, otros agua potable, otros conocimientos, otros hacen casas, y así sucesivamente. Además, algunos son dueños de empresas y otros son obreros, lo que complejiza aún más todo el proceso económico y sus resultados. Por ello, satisfacer las necesidades de la población no es un problema individual de cada uno, es un problema social que debe ser resuelto colectivamente, mediante la organización económica y política del país. En esencia, la economía debe resolver los problemas básicos de la gente, y de no ser así, debe ser transformada para lograr ese fin.

¿A qué apunta la economía paraguaya?

La economía paraguaya, compuesta tanto por el sector privado como por el público, por su estructura, organización y el uso prioritario que se da a los medios productivos, está orientada fuertemente hacia el comercio internacional, y apunta principalmente a satisfacer las demandas del mercado mundial. Esto es así desde la época colonial, con una interrupción durante los primeros sesenta años del Paraguay independiente, hasta su definitiva ratificación desde la posguerra del ’70 en la priorización de los rubros de exportación o demanda externa. Hoy, la mayor parte de las tierras, el capital y la tecnología que el país posee, se destina a producir productos que terminan en su mayor parte en otros países, como la soja, la carne y el maíz.

El sector de la población vinculado a estas actividades no supera el 10 % de la población económicamente activa, pues dichas actividades son intensivas en el uso de la tierra y el agua, así como de capital, más no en el empleo de trabajadores, y por tanto no son importantes generadoras de fuentes de trabajo. La agricultura mecanizada necesita solo de un trabajador para manejar entre 150 y 200 Has de cultivos; la ganadería utiliza miles de hectáreas donde pastan miles de vacas, que son manejadas por un reducido grupo de personas.

La estructura económica actual del Paraguay genera ciertas riquezas, pero los mecanismos de distribución de las mismas son muy deficitarios, puesto que dicha riqueza se concentra en un reducido sector de la población, principalmente en el sector que controla la propiedad de la mayor parte de las tierras en el país. Las ganancias por la soja y la carne exportadas quedan en manos de diez agroexportadores y grandes frigoríficos, de los bancos que financian al sector, y de unos diez mil medianos y grandes sojeros y ganaderos. Lo que queda después son monedas para los camioneros, obreros de los frigoríficos o silos, y nada más. Por ende, el sector privado mal genera y mal distribuye riquezas, polarizando la sociedad entre islas de ricos sobre mares de empobrecidos.

En la economía paraguaya, al sector primario descrito en el párrafo anterior, se suma un raquítico sector industrial que nunca pudo expandirse suficientemente, y un sector de servicios donde por un lado, predominan la informalidad y precariedad en actividades como el comercio, y por el otro, existen servicios más formales de alta rentabilidad, como el de las finanzas y las telecomunicaciones, que son sectores intensivos en uso de capital y tecnologías, y por ende tampoco son significativos en la generación de empleos. En resumen, esta economía privada en el Paraguay, donde se encuentra el 90 % de la población, se complementa con el sector público, donde se emplea apenas el 10 % de la población económicamente activa. Nuestra economía es predominantemente privada, por más que repetidamente se diga lo contrario. No por azar el país tiene la presión tributaria más baja de toda sudamérica, así como el más insuficiente gasto social.

¿Y el Estado?

Después del mercado, el segundo mecanismo de distribución de la riqueza y la producción es el Estado, que por un lado recauda a través de impuestos y otros ingresos, y por el otro gasta e invierte en los sectores que considera prioritarios. Y en este sentido, el Estado paraguayo es un pésimo redistribuidor, por varios motivos. Primero, porque como mencionamos, recauda poco, al cobrar pocos y bajos impuestos. Además de recaudar poco, recauda mal, puesto que no recauda más de los sectores de altas ganancias, como son el agropecuario y el financiero, sino que los principales impuestos son los indirectos, los que pagan los consumidores: el IVA y el Impuesto Selectivo al Consumo. Estos dos impuestos son el 65 % de los ingresos tributarios. Los impuestos directos a las rentas, los más justos porque gravan según el nivel de ganancias de los contribuyentes, no llegan al 20 % de las recaudaciones.

Y segundo, porque el gasto público es insuficiente y no prioriza en la medida necesaria a la población de menores recursos. El gasto social del Paraguay, es de lejos, el más bajo de todo el MERCOSUR. Los sectores claves donde se debe invertir para lograr el desarrollo de la población marginada no recibe los recursos mínimos para ello: ni la agricultura campesina, ni las comunidades indígenas, ni el sistema educativo y de salud, ni los asentamientos urbanos, ni la protección del medio ambiente. Mientras que parte importante de los recursos públicos se destinan a sectores de altos ingresos, en forma de créditos, gastos en fuerzas policiales y militares, obras públicas, subsidios, etc.

Por otro lado, el Estado también es productor de bienes y servicios, energía eléctrica, agua potable, telefonía fija y móvil, cemento, a través de las empresas públicas. En esta tarea, la mayoría de estas instituciones no ha logrado aún los niveles de eficiencia requeridos, y la corrupción no ha sido debidamente controlada. No obstante, se ha logrado en algunos de esos bienes tener una alta cobertura de la población nacional, como en el de la electricidad y la telefonía, con algunas estrategias como la de la tarifa social de electricidad, que permite a familias pobres acceder a la misma, más allá del criterio de mercado de poder pagarlo. Además, una parte de las elevadas ganancias de algunas de estas empresas, como la ANDE, se transfiere al fisco para destinarlo a otros sectores. Pero queda mucho por hacer, para ganar en eficiencia, cobertura y resultados.

¿Más mercado o más Estado?

Volvemos al planteamiento que da título a este artículo. Recordando a un renombrado economista podemos concluir de las evidencias empíricas, que el mercado es un gran productor de riquezas, pero es un pésimo distribuidor de las mismas. La desigualdad es el rasgo sobresaliente de las economías de mercado, sean desarrolladas o no, sea los Estados Unidos, países europeos, africanos o de América Latina. Y esto ha llegado a su cumbre máxima con la globalización neoliberal, que ha llevado a que los 1.000 mayores millonarios del planeta tengan ingresos iguales a los de la mitad de la población mundial más pobre, es decir, de más de 3.000.000.000 personas. Esto no es un resultado inesperado y azaroso, sino resultado de la lógica del mercado, basado en la lógica de la competencia, que va progresivamente eliminando a los competidores, constituyendo oligopolios y monopolios nacionales y mundiales, que van acaparando la producción, la distribución y las ganancias de una inmensa cantidad de actividades económicas.

La economía de mercado permite competir, a los que tienen con qué competir. Y los pertrechos necesarios para ello son capital, tecnología, conocimientos, tierra y otros recursos naturales. En un país empobrecido como el Paraguay, la mayoría de estos recursos están vedados a la clase media y especialmente a la clase baja, que no acceden a los mismos o lo hacen deficientemente, y por tanto, no pueden generar sus fuentes de ingresos de manera autónoma y permanente. Un sector económico concentra la mayor parte de aquellos factores de producción, y por ende concentran el grueso de la renta nacional.

En condiciones asimétricas de dotación de recursos, el mercado excluye y profundiza la desigualdad. Por ello el Paraguay, por sus condiciones sociales, económicas e incluso políticas, necesita más Estado, necesita de mayores recursos, de mejores y más vigorosas políticas públicas. Necesitamos un Estado robusto, que lleve adelante una verdadera reforma agraria, que dote con tierras, créditos y técnicas a la población campesina e indígena; que facilite el acceso a los créditos y la tecnología a las Pymes y a las cooperativas de producción; que universalice la educación y la salud para tener una productiva fuerza laboral; que tenga un Plan de desarrollo nacional inclusivo, que dote de infraestructura y servicios básicos a la población históricamente marginada. Pero un Estado de este tipo, no debe tener contemplaciones con la corrupción y la mala utilización de recursos públicos si quiere tener resultados y el apoyo de la sociedad. Pero sin la participación decisiva del Estado, los excluidos de hoy lo seguirán siendo en el futuro.

Si vemos a la economía como un medio para la satisfacción de las necesidades de toda la población, y no como un medio que solo sirve para la acumulación de riquezas, requerimos corregir nuestra estructura económica actual, pues no cumple con su cometido. Y esta transformación solo será posible con un Estado más fuerte, solvente y participativo, que pueda enfrentar y contrarrestar las enormes desigualdades de las que hoy hace gala nuestro Paraguay bicentenario.

* Edición Nº 316 – Julio 2011
FOTO: En la economía paraguaya hace falta la presencia de un Estado más fuerte, solvente y participativo, que pueda enfrentar y contrarrestar las enormes desigualdades de las que hoy hace gala nuestro Paraguay bicentenario.

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